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| Elena Anaya con una fan, de espaldas y a la derecha. |
Cuando se anunció el elenco de
La Piel que Habito, la última cinta de
Pedro Almodóvar no entendí la selección de
Elena Anaya como su protagonista y tampoco el regreso de
Antonio Banderas. A pesar que
Anaya, ya había trabajado con el cineasta español en
Hable con Ella, y de sus múltiples filmes y su gran presencia en España, siendo una de las mejores actrices jóvenes de esa nación, no la veía con el aura
Almodóvar. Del segundo, me pareció un terrible chiste de Hollywood, y digo alguien tiene que vender el filme en Estados Unidos. Si bien
Almodóvar es uno de los pocos directores internacionales que venden entradas en los cines de Estados Unidos —otro que se me viene a la cabeza es
Guillermo Del Toro—, necesita a veces de esa extra ayuda. Y ahora que por fin tuve el placer de verla, entiendo el porqué de cada una de sus preferencias. La cinta se estrena mañana y espero abundar un poco en un par de horas, pero
tal y como Hildy Johnson lo pedía me dejé llevar por el delirio y la fuerza que emana de
La Piel que Habito.
Y parte de esa fuerza, se debe gratamente a la presencia de
Anaya, quien para mi sorpresa cubrió con todas las expectativas que uno espera de alguien que trabaja con
Almodóvar. Y mientras buscaba un lugar con señal abierta (soy pobre) para usar el Internet, sentado revisando unas cosas, apareció ella. Rodeada de su gente y de unos fans, que le pedían fotos y autógrafos, accedió sin ningún problema. De aspecto frágil, elegante y con una tímida sonrisa, un combo ideal para ser explotado por el cineasta español, cuya heroína o víctima es no solo una excelente actriz, sino una
moviestar en ascenso.
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