Friday, October 10, 2008

Reseña: La León (2007)

A medida que transcurre la trama de La León [trailer], ópera prima de Santiago Otheguy, es difícil no pensar en El Lugar Sin Límites (1978), un clásico del cine mexicano de la década de los 70 que presenta como eje central la homosexualidad reprimida del personaje según más macho. Algo similar sucede con esta cinta argentina que después de su participación en el NewFest 08 y unos cambios en su fecha de exhibición, hoy se estrena en el Cinema Village. En coproducción con Francia, La León ha sobresalido en varios festivales de cine gay, alcanzando algunos triunfos importantes. Y si bien dudamos que esa era la intención de este joven cineasta, no deja de ser una interesante y delicada historia sobre la convivencia y lucha por ser diferente en un lugar tan remoto. Y no estamos hablando de solo la cuestión gay.

A diferencia de otras cintas argentinas que se han orientado hacia ese tema, como Un Año sin Amor o Plata Quemada que reflejan parte de la vida gay en Buenos Aires, Otheguy opta por llevar a sus personajes a una región poco conocida (por las audiencias extranjeras) y aislada del resto del país. Se trata de las islas del Delta del Paraná, un mundo remoto de arroyos y canales, con gente acostumbrada a no ver desconocidos.


Filmada
en blanco y negro increíblemente por Paula Grandio, La León comienza con la llegada de Alvaro (Jorge Román), un hombre callado al que no se le conoce ninguna chica, al velorio de un joven recién fallecido. Al ver el cuerpo sin vida sobre la cama, el semblante de éste parece querer decir algo. Existe una confusión entre los isleños en saber como murió este hombre: si lo asesinaron los misioneros (inmigrantes para nosotros) o si se mató por una "chica". Uno de los asistentes y convencido de que eso es obra de "aquellos" o "negro cabezas" [nunca había escuchado ese término], es el Turu (Daniel Valenzuela), quien es el dueño del único ferry que comunica con tierra firme. Así que todo lo que sale o viene de este mundo aislado, tiene que pasar por La León.

A la par de dedicarse al corte de junco y a la pesca, mientras explora su sexualidad, Alvaro también encuaderna libros para la biblioteca, cuya distracción sirve para ir a la ciudad. Aunque parece vivir en plena soledad, disfruta del fútbol y de compartir con los lugareños y los misioneros (estos se dedican a cortar madera de manera ilegal y provienen de Paraguay).

La casi ausencia de mujeres a cuadro, parece decirnos que estamos ante una comunidad compuesta en su mayoría por hombres. Por eso no deja de sorprender la curiosidad que siente el Turu al observar a Alvaro mientras se baña o de tocarlo mientras juegan fútbol. De una manera muy sutil, la prepotencia y los ataques verbales se hacen presenten a la vez que el Turu, también descarga su sentimiento xenófobo en contra de los misioneros. Cuando descubre su campamento, éste lo incendia sin pensar que hay un bebé dentro. Mientras ellos buscan al culpable, una noche después que el equipo de fútbol gana un partido y al calor de unos tragos, el Turu decide confrontar a Alvaro, quien cansado de la humillación recibida unos días atrás en el bar de la ciudad, responde con golpes. Sin embargo, el Turo demuestra su fuerza y así revela sus verdaderas intenciones. Ambos actores logran un destacable trabajo que sumado a la excelente fotografía, vale la pena su recomendación.

Aunque el final se siente abrupto e inconcluso,
como bien apunta La Spectatrice, puede dejar a muchos satisfechos. Si bien Otheguy creó una historia que no cae en los clichés obvios, el hecho que la cámara casi siempre está a distancia y que es blanco y negro, pareciera que de alguna manera se quiere contrarrestar la violencia que se vive en el relato. ¿Miedo a ser explícito? No lo creemos, pero tal vez esa pueda ser la gran diferencia entre La León y la cinta de Arturo Ripstein.

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